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09 julio 2007

en La contravida de Philip Roth


(páginas 347-349)

-Me dice Maria que es usted una gran lectora de Jane Austen -dije.
-Bueno, llevo toda la vida leyéndola. Empecé a los trece años con Orgullo y prejuicio, y no he parado desde entonces.
-Y ¿cómo así?
Esto último provocó una sonrisa glacial.
-¿Hace mucho tiempo que no lee usted a Jane Austen, señor Zuckerman?
-Desde la universidad.
-Pues vuelva usted a leerla, y comprenderá por qué la leo yo.
-Lo haré, pero lo que le pregunto es qué obtiene usted de su lectura.
-Recoge fielmente la vida, y lo que dice de ella es muy profundo. Me entretiene muchísimo. Los personajes están muy bien. Me gusta mucho el señor Woodhouse de Emma. Y el señor Bennet de Orgullo y prejuicio, también. Me gusta mucho la Fanny Price de Mansfield Park. Cuando regresa a Portsmouth, tras haber vivido con los Bertrams a todo tren y con toda elegancia y vuelve con su familia y queda tan impresionada por su miseria... A la gente le parece eso muy rechazable y todo el mundo dice que es una snob, pero será porque yo también lo soy, supongo, pero me identifico con ella. Es así como hay que comportarse, si vuelve uno a caer en un nivel de vida muy inferior.
-¿Cuál de sus libros le gusta más?
-Bueno, supongo que siempre me gusta más el que estoy leyendo en ese momento. Los leo todos cada año. Pero, a fin de cuentas, es Orgullo y prejuicio. El señor Darcy es muy atrayente. Y también me gusta Lydia, con todo lo alocada y lo tonta que es. Está muy bien retratada. Conozco a tantas personas así, ¿comprende usted? Y ni que decir tiene que me identifico con el señor y la señora Bennet, con tantísimas hijas por casar.
No fui capaz de determinar si esta última afirmación constituía una especie de golpe alevoso, si la buena señora era una mujer peligrosa o se estaba comportando beatíficamente.
-Lamento no haber leído sus libros -me dijo-. No leo mucha literatura norteamericana. Me supone un gran esfuerzo entender a los personajes. No los encuentro atrayentes, ni puedo identificarme con ellos, me temo. En realidad, no me gusta nada la violencia, y la hay a raudales en los libros norteamericanos. Por supuesto, no en Henry James, que me gusta mucho, aunque supongo que a duras penas cabe incluirlo entre los norteamericanos. En realidad, es un observador del ambiente inglés, y creo que en realidad se le da muy bien. Pero ahora lo prefiero en televisión, me parece. Tiene un estilo más bien ampuloso. En televisión, cuando ves sus libros, van al grano mucho más deprisa. Hace poco pusieron El expolio de Poynton, y ni que decir tiene que me interesó especialmente, dada mi afición a los muebles. Lo hicieron estupendamente bien, me pareció. También pusieron La copa dorada. Lo pasé muy bien. Es un libro larguito. Sus libros, los de usted, están publicados aquí, ¿verdad?


La contravida
Philip Roth

Traducción de Ramón Buenaventura
De Bolsillo - Contemporánea
Primera edición Abril 2007

04 mayo 2007

Philip Roth - Cuando ella era buena


Philip Roth - Cunit, originally uploaded by montsev.




(páginas 344-345)

Tres noches después de la desaparición de Lucy, una joven pareja de estudiantes del instituto fue al Paraíso de la Pasión para estar a solas. Cerca de la medianoche, hora en que la muchacha debía regresar a su casa, trataron de volver a la ciudad y descubrieron que las ruedas del coche se habían hundido en la nieve. En un primer momento el muchacho empujó el coche por detrás mientras su compañera se hacía cargo del volante y pisaba el acelerador. Después el joven cogió una pala del maletero y, en la oscuridad, mientras la joven se frotaba las orejas con los guantes rogándole que se diera prisa, él empezó a cavar.

De este modo fue descubierto el cuerpo. Estaba completamente vestida; en realidad, la ropa interior estaba tan congelada como la piel. Además, había una hoja de papel a rayas congelada junto a su mejilla, y su mano sujetaba el papel. Una primera hipótesis que sostenía que quizá hubiera levantado la mano para protegerse de un golpe fue desechada cuando el médico forense informó de que, a excepción de un pequeño rasguño en el nudillo de la mano derecha, el cuerpo no presentaba heridas, contusiones, punzadas ni ningún otro signo de violencia. Tampoco había indicios de que hubiera sido violada. Del embarazo no se dijo nada, ya fuera porque el médico forense no encontró ninguna evidencia o porque la investigación solo incluía las pruebas de laboratorio rutinarias. Se estableció que la causa de la muerte había sido la exposición a la intemperie.

El forense solo podía suponer cuánto tiempo había permanecido en el lugar sin ser descubierta; las temperaturas bajo cero habían preservado intacto el cuerpo, pero, a juzgar por la altura de la nieve que estaba encima y debajo del cuerpo, se supuso que la joven llevaba muerta treinta y seis horas. Si había ocurrido de ese modo, había logrado sobrevivir en el Paraíso de la Pasión durante un día y una noche, e incluso tal vez hasta la mañana siguiente.

Solo varios meses después del funeral, durante una de esas primaveras frías, frescas y húmedas que suelen darse en el interior de Estados Unidos, las cartas de la prisión comenzaron a llegar directamente a la casa.


Cuando ella era buena
Philip Roth

When She Was Good
DEBOLS!LLO
Traducción de Horacio y Margarita González Trejo

noviembre 2006 - Mondadori



Una buena crítica (en todos los sentidos) de Patrimonio en Elogio del azar. Un blog a descubrir.

12 abril 2007

"Bellow fue el Cristóbal Colón de la gente como yo" Philip Roth



Video en castellano (para variar) en youtube donde se mezclan: Sufjan Stevens, Ian McEwan, J. M. Coetzee, Jack Nicholson, William Kennedy, Philip Roth y Marilyn Monroe



(...)

En resumen, el intérprete debe ser capaz de imponerse. Resulta más fácil si es un Nabokov y habla con la natural autoridad de un artista aristocrático, un boyardo, un autócrata hereditario. El problema, entonces, cobra un matiz ideológico, y la gente empieza efectivamente a protestar y a denunciar la explotación tiránica de los tradicionalistas, misóginos, racistas, imperialistas: esos machos blancos, pasados ya a mejor vida, cuyas obras, calificadas de clásicos, se nos impone. No todo el mundo puede rendirse ante la promesa del gozo estético. Para algunos, la liberación (quizá seudoliberación) es el ideal más elevado. O la destrucción de los iconos. O la insatisfacción perpetua. Tal como el autor Leonard Michaels ha escrito recientemente: "Nos hemos abandonado a los encantos de la posibilidad indeterminada, o al estremecimiento de la novedad infinita". Y en el mismo párrafo añado que "el valor ha escapado de la especificidad humana".

En la actualidad, los escritores prestan atención sin dificultad alguna; se han formado en la atención, y la inducen en sus lectores (sin un grado elevado de atención, el gozo estético es imposible).
"Procura ser de los que no se pierden nada", aconsejaba Henry James al aprendiz de novelista.
Y Tolstói, en su ensayo sobre Mauppasant, dice que un autor debe escribir con claridad, adoptar un punto de vista moral y ser capaz de prestar la más minuciosa atención al tema y los personajes. Sin la menor vacilación, Nietzsche nos advierte de que la época moderna se interesa principalmente en el Devenir e ignora el Ser. Y quizá por eso el perpetuo Devenir nos corroe como una enfermedad mortal.

(...)

Y por eso compite el artista con otros solicitantes de atención. No se trata de una competición en el sentido atlético de la palabra, su objeto no es expulsar a los rivales de la pista. Nunca se alzará con un triunfo indiscutido. No habrá un resultado claro; los elementos están demasiado mezclados para eso. Las fuerzas adversas son demasiado imponentes para vencerlas. Son las fuerzas de un mundo electrificado y de una transformación de la vida humana cuyo resultado no puede vaticinarse.

Tocqueville anunció que en los países democráticos el público exigiría a sus escritores dosis cada vez mayores de emoción y estimulantes cada vez más poderosos. Probablemente no esperaba que el público se dramatizara a sí mismo hasta el punto de hacer de la escena mundial el teatro de todos, ni que, en los países desarrollados, se entregara al alcohol y las drogas para escapar a los horrores de la incesante tensión, al tormento de las emociones y la distracción. Hay muchos autores que no hacen sino satisfacer la creciente demanda de emociones. Creo que esa demanda, en el lenguaje de la mercadotecnia, ha alcanzado su nivel más alto. ¿Puede llegar a dominarse tanta emoción, tanto desorden? Eso habrá que preguntárselo a los analistas y expertos de toda especie. Lo suyo son las predicciones. Lo que importa a los narradores de historias y novelistas son las esencias humanas descuidadas y olvidadas por un mundo distraído.


"La distracción del público"
Conferencias Romanas, Universidad de Oxford
10 de mayo de 1990

incluído en Todo Cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto (It All Adds Up)
Saul Bellow
DeBolsillo
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
enero, 2007

21 noviembre 2006

Cheever&Lindbergh&Roth


Anoche fui a ver antiguos noticiarios cinematográficos sobre Charles y Anne Lindbergh. Un joven que parece tener la audacia de un joven; para quien el mundo es un desafío fácil de afrontar.Como B. M., audaz y necio. El vuelo trascendente, la sensación de ocupar una posición casi sobrenatural. La recepción en Le Bourget. La adulación de la ciudad de París. Fotografías en el balcón de la embajada. Directo, con dominio de sí. Fotografías en el barco que lo trajo de vuelta. La entrada en el puerto de Nueva York, una celebración mayor que la del final de la guerra.. Las impulsivas tormentas de papel que nunca se volverían a repetir.
Se enamora de Elisabeth Morrow. La muerte de ésta. La muerte de ésta. Pero mucho antes, Anne; se enamora de ella. Debía de ser una mujer tímida. La boda.
Los viajes en avión. El primer hijo. El pervertido alemán. Casi una perversión de la época. Una locura. Secuestra al hijo, lo mata insensata y cruelmente. Imágenes conmovedoras del niño durante la identificación. Un niño hermoso. El testimonio impasible de L., su decisión de matar al pervertido. Las extrañas simpatías divididas de la prensa. La tristeza de Anne. La muerte de Hauptmann. El nacimiento de otro niño.
El aislamiento de ambos. La infelicidad común. La imposibilidad de divorciarse. La intensificación de la desdicha. El hombre ha envejecido, pero conserva la serenidad y la franqueza de la juventud. Simpatiza con el fascismo, con una élite. Y ella: sus sensaciones son muy distintas, es muy poco lo que se atreve a decir. Hablar con ella hoy: ojos agradables, boca torcida. La tensión ha dejado huellas en su cara. La sensación de estar hablando con Antígona. Un final de tragedia obscena: ella se enamora de un hombre parecido all que mató a su primogénito.
Sería un relato cruel e indiscreto; en cierto sentido, imposible, ya que es difícil encontrar algo, lo que sea, comparable a la travesía del Atlántico. Pero, por decir una trivialidad, parece que aquí nos separamos de Flaubert, porque a diferencia de la Francia de su época, tenemos una jerarquía de semidioses y héroes; son parte vital de nuestras vidas y deberían serlo de nuestra literatura. Si puediera sembrar los campos con una tragedia periodística. Son personajes públicos. La tragedia es pública. Se les conoce. Consideran la publicidad y la intimidad desde el punto de vista de dos soberanos gobernantes. Cuando cierran las puertas de la casa de Englewood, es como se cierran las puertas en Edipo y Medea. Nos dejan afuera.

Diarios, 1952

LA CONJURA CONTRA AMERICA
PHILIP ROTH
Mondadori
496 pgs
Los resultados de las elecciones de noviembre ni siquiera estuvieron igualados. Lindbergh consiguió el cincuenta y siete por ciento del voto popular y, con un triunfo aplastante, ganó en cuarenta y siete estados. Los únicos donde perdió fueron Nueva York, el estado natal de FDR, y, tan sólo por dos mil votos, Maryland, donde la gran población de funcionarios federales votó abrumadoramente por Roosevelt, mientras que el presidente pudo retener –como no le fue posible en ningún otro lugar por debajo de la línea Mason-Dixon– la lealtad de casi la mitad de los votantes demócratas del viejo sur. Aunque a la mañana siguiente a las elecciones predominaba la incredulidad, sobre todo entre los encuestadores, el día después todo el mundo pareció entenderlo todo, y los comentaristas de radio y los columnistas de la prensa presentaron la noticia como si la derrota de Roosevelt hubiera estado predeterminada. Según sus explicaciones, lo ocurrido era que los norteamericanos no habían sido capaces de romper con la tradición de los dos mandatos presidenciales que George Washington había instituido y que ningún presidente antes de Roosevelt se había atrevido a cuestionar. Por otro lado, después de la Depresión, la renaciente confianza tanto de jóvenes como mayores se había visto estimulada por la relativa juventud de Lindbergh y su aspecto elegante y atlético, en tan marcado contraste con los serios impedimentos físicos con los que FDR cargaba como víctima de la poliomielitis. Y estaba también el prodigio de la aviación y el nuevo estilo de vida que prometía: Lindbergh, que ya era el dueño del aire y había batido el récord de vuelo de larga distancia, podía conducir con conocimiento de causa a sus compatriotas al mundo desconocido del futuro aeronáutico, al tiempo que les garantizaba con su conducta puritana y anticuada que los logros de la ingeniería moderna no tenían por qué erosionar los valores del pasado. Los expertos llegaron a la conclusión de que los norteamericanos del siglo XX, cansados de enfrentarse a una crisis cada década, ansiaban la normalidad, y lo que Charles A. Lindbergh representaba era la normalidad elevada a unas proporciones heroicas, un hombre decente con cara de honradez y una voz normal y corriente que había demostrado al planeta entero, de un modo deslumbrante, el valor para ponerse al frente, la fortaleza para moldear la historia y, naturalmente, la capacidad de trascender la tragedia personal. Si Lindbergh prometía que no habría guerra, entonces no la habría: para la gran mayoría de la población era así de sencillo.

Continuar leyendo fragmento de La conjura contra América

Leer entrevista a Philip Roth en El Cultural a propósito de la publicación en España de "La conjura contra América"

16 noviembre 2006

Cheever&Roth

Tomo una copa y voy con los dos perros a la estación a esperar a Philip Roth. Es inconfundible y de lejos lanzo un aullido jubiloso. Joven, acomodaticio, brillante, inteligente, tiene el aire juvenil de quien contempla casi todas las cosas como si generaran un calor insoportable.No es melindroso, pero aparta la cabeza d eun plato de carne como si estuviera ardiendo. Se ha divorciado de una chica que me parecía una delicia. "Ni siquiera quiere devolverme los patines de hielo." La conversación gira hacia el tema sexual -polla y cojones, Genet, Rechy- pero sus observaciones me parecen interesantes, sutiles e ingeniosas.

Diarios, 1963

Leo las descripciones de Roth sobre las masturbaciones en Jersey y otros lugares, y me intereso por el pellizco con tres dedos, el movimiento con la mano cerrada, el orgasmo de cuatrocientas caricias, etc. Sus historias de juventud no tienen nada que ver con mis crónicas cristalinas sobre la tía artista y el primo que interpretaba a Beethoven. Mis padres no eran judíos, nuestra casa era grande y estaba bien provista. Observo que mi curiosidad está despierta, pero mi interés no tarda en flaquear. Sentado en la primera fila de un teatro de variedades, F. advirtió que su vecino de asiento se la meneaba y le preguntó amablemente por qué lo hacía. El hombre le explicó que después de hacerlo durante un rato, acababa por salir un líquido blancuzco que provocaba una sensación maravillosa. F. lo ensayó en su casa y al día siguiente me lo contó en el colegio. Esa noche, tendido en la cama, me masturbé mientras oía las filosofías de un comentarista radiofónico. El orgasmo fue estremecedor; el remordimiento, apabullante. Pensé que había desoído la voz paternal de la radio. F. y yo solíamos masturbarnos mutuamente en los cines, restregarnos el uno contra el otro en las duchas del club de golf. Cierto día lluvioso, en la colonia de verano, cuando no teníamos nada que hacer, nos acostamos en parejas por turnos. Primero me tocó un irlandés llamado Burke, con una polla muy grande y un abrazo muy paternal. Luego pasé a la cama de F., pero después de acabar nos vestimos y, ya bajo la lluvia, fuera de la tienda, juramos dejar de hacernos pajas. No recuerdo cuánto tiempo respeté el juramento, pero en general mis masturbaciones era una auténtica extensión del amor. Roth siempre está solo y jamás pone en tela de juicio su virilidad, aunque suele decir que se salvó de ser homosexual por pura suerte. Entonces vuelvo al misterio amargo, tan amargo como legítimo. Sostengo que disfruto de una virilidad invencible y si no es así, seguiré sosteniéndolo. Pero me asusta la indefinición, me aterra la idea de ser homosexual, me asusta y me avergüenza recordar que G. me la chupo, que P. no quiere casarse ni tener casa e hijos, y rechazo de plano que me ha faltado valor para vivir mi instinto homosexual frente a la censura del mundo. El mundo no me parecía tan despreciable.

Diarios, 1968


Con Drenka era como arrojar un guijarro a un estanque. La penetrabas y las ondulaciones se desovillaban sinuosamente desde el punto central hacia afuera, hasta que todo el estanque ondulaba con una luminosidad estremecida. Cada vez que, de día o de noche, tenían que poner fin a la sesión, era porque Sabbath no sólo se encontraba en el límite de su resistencia, sino que, grueso y con más de cincuenta años, lo había rebasado peligrosamente.
-En tu caso, correrte es una industria -le decía-, eres una fábrica de orgasmos.
-Carroza -replicaba Drenka, una palabra que él le había enseñado, mientras Sabbath trataba de recobrar el aliento-, ¿sabes lo que quiero la próxima vez que se te empine?
-No sé en qué mes será eso. Si me lo dices ahora, cuando llegue el momento no me acordaré.
-Es igual, quiero que me la metas hasta el fondo.
-¿Y entonces qué?
-Entonces me pones del revés encima de tu polla, como si te quitaras un guante.

El teatro de Sabbath
Philip Roth

Ver reportaje completo de Lars Tunbjork