"John Cheever (1903-1982) es uno de los grandes escritores estadounidenses del siglo XX. Fue expulsado del colegio por "bajo rendimiento", con lo que su educación formal concluyó a los 17 años. Las penurias continuaron en su juventud por las depresiones y los problemas con el alcohol, que le acompañaron toda su vida. Cheever, considerado por la crítica como el más fino y sensible cronista de la sociedad americana de su tiempo, dejó tras de sí 29 cuadernos de notas escritos durante más de tres décadas. En ellos revela que su esencia fue "un muestrario de ambigüedades". Quería a su mujer y a sus hijos, pero se sentía solo; se odiaba por su afición a la bebida, pero dependió de ella; amaba a las mujeres, pero también a los hombres... Leer estos 'Diarios' es introducirnos en la íntima sinceridad de sus palabras."
Mostrando las entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas
31 mayo 2007
Diarios en Tiramillas
24 mayo 2007
Nacen nuevas estrellas en la cabeza de Orión

Estrellas nacientes, en el interior de nubes rojizas, en Orión, a 1.300 años luz de la Tierra.
Una nueva imagen de la cabeza de Orión, la famosa constelación que se ve desde el hemisferio norte en las noches de invierno, muestra amplias zonas en las que están naciendo estrellas, probablemente como consecuencia de la explosión de una supernova hace unos pocos millones de años. El astrónomo español David Barrado y Navascués, del LAEFF, ha liderado la observación, con el telescopio de infrarrojos estadounidense Spitzer: "Era una región poco conocida, ahora creemos que va a ser clave para el estudio de grupos estelares jóvenes".
El País, sábado 19 de mayo, 2007
Al tratar de clarificar mi pasado, sería mucho más fácil si pudiera contemplarlo con amargura y desdén. Si pudiera maldecir la ignorancia sexual y la suspicacia de mis padres, maldecir el horroroso derrumbe de su matrimonio, maldecir la casa, el vecindario, las escuelas a las que fui, todo sería claro y sencillo, pero sus asuntos combinaban la excelencia con la estúpida crueldad. Visto retrospectivamente, el hecho de que con frecuencia fuese muy feliz parece una enorme limitación.
Diarios, 1968
16 mayo 2007
¿Y qué diablos le ha pasado a Johnny Cheever? (Diarios, 1969)

¿Y qué diablos le ha pasado a Johnny Cheever? ¿Ha dejado la máquina de escribir a la intemperie? Además, nadie le llamaba Johnny, salvo sus amigos C. y L, que cambiaban nombres a voluntad. Eddie, Neddie, Howie, robbie y hasta Petey. ¿Sabía escribir un buen relato? ¿Un relato de amor? Un día gris, que a las diez parece crepuscular, J. baja a la piscina. tiene la clase de aspecto o belleza que en una tarda como éste le hace destacar entre todos nosotros. Sus dientes -cantidad, tamaño, blancura- parecen postizos, aunque me han dicho que no lo son. Asoman algunas canas entre sus bucles napolitanos y un punto calvo, pequeño pero evidente. Los rasgos son espléndidos, los modales amables pero viriles. Trata, según le han enseñado, de disimular su falta de estudios. Es el consorte soñado por las mujeres ricas cuya juventud ha quedado atras. Sé que es un hombre cariñoso, que sabe pegar un buen casquete y es buena compañía, pero a diferencia de todos nosotros tiene un aspecto que se puede comercializar.
21 marzo 2007
Diarios, 1970
Andy Goldsworthy Rivers and Tides
Un relato de Hemingway que trata principalmente de un joven que forcejea durante cuatro horas con un pez espada. Cuando está a punto de pescarlo, se le rompe el sedal. Hay valentía, resistencia y sangre, el carácter del joven se forja en los rigores del combate. No falta el conocido ritmo de cuatro acentos -"Vivíamos entonces en la casa de la colina"-, que unas veces es bello y otras monótono. Su suicidio sigue siendo un misterio para mí.
16 marzo 2007
Diarios, 1959
Dance with me
Nouvelle Vague + Bande à part + The Lords of The New Church
El retorno de Coverly no está aislado. Ensayaré la muerte de Honora. Recuerdo un sábado de mi niñez cuando fracasaron todos nuestros planes para jugar; la pelota estaba deshinchada y nadie tenía un bombín. Era otoño. Nos encerramos en el granero de los R. e hicimos un concurso para ver quién tenía el pene más largo, y a continuación una orgía, pero cuando terminó me sentí muy culpable y avergonzado, triste y lleno de preocupación. Fui a casa, me comí un emparedado y mi madre me preparó un baño tan caliente que me dejó la piel arrugada y desagradablemente sensible. Mi camisa blanca (demasiado pequeña, mal planchada por el viejo Finn) y mi traje de sarga (también demasiado pequeño) eran como un castigo, y no encontraba las zapatillas de baile. Lo relacioné con mi conducta lasciva de la mañana. Era un castigo. Me encerré en el ropero, me arrodillé y recé tres padrenuestros. Al cabo del tercero vi mis zapatillas en una bolsa que colgaba de un gancho. Una parte de mi oración había recibido respuesta, pero aún sentía terribles remordimientos y, a causa del baño, estaba medio cocido e incómodo. Fui al Templo Masónico con Charlie y llegué cuando empezaba la gran marcha. Hubiera podido huir, pero mi madre presidía la velada y además, con el traje azul, ¿dónde hubiera podido refugiarme? Construían casas en el prado y en el bosque. Pasamos el resto de la tarde empujando a las niñas por el suelo encerado hasta que la luz empezó a desvanecerse detrás de las ventanas, y cuando terminó la clase de baile, acabó el sábado.
Etiquetas:
Bande à part,
Diarios,
Nouvelle Vague,
The Lords of the New Church
07 marzo 2007
Diarios, 1978
La franqueza absoluta no es una de mis características, pero trataré de tenerla para describir la siguiente sucesión de acontecimientos. Solitario, con la soledad agravada por los viajes, los cuartos de hotel, la mala comida, las presentaciones de libros y la superficialidad de los besamanos, me enamoré de M. en un cuarto de hotel de sordidez inusual. Su aire de seriedad y respetabilidad, las gafas de miope y su apostura serena despertaron en mí un amor profundo, y a la noche siguiente lo llamé desde California para expresarle mis sentimientos. Nos escribimos cartas de amor durante tres meses, y cuando volvimos a vernos, nos quitamos la ropa y nos comimos mutuamente la lengua. Nos encontramos dos veces más, una para pasar unas horas en un motel, la otra para pasar veinte minutos desnudos antes de una comida para directivos a la que yo estaba invitado. Durante un año seguí pensando en él, sumido en el mayor desconcierto. Creía que se me había revelado la homosexualidad y que iba a tener que pasar el resto de mi vida en triste convivencia con un hombre. Mi vida apareció ante mí retratada como una impostura sexual. Hace poco, cuando volvimos a encontrarnos, corrimos al dormitorio más próximo, bajamos los pantalones del otro, asimos la polla del otro y tragamos la saliva del otro. Me corrí dos veces, la segunda en su boca, y creo que fue el mejor orgasmo que tuve en un año. A petición suya pasamos la noche juntos, y creo que descubrí con verdadero placer que ninguno de los dos estaba destinado a agotar los papeles que representábamos. Recuerdo la aguda falta de interés con que contemplé su desnudez por la mañana, cuando volvió de mear. Era sólo un hombre de polla pequeña, dos cojones y un culito apto para apoyarlo en una silla o en una taza de retrete. En este sentido, las recordadas exacciones de las mujeres cumplían el mismo papel. No sentía el menor deseo de saber si había llegado al orgasmo. Me senté a cagar con la puerta abierta, ronqué y me tiré pedos con tranquilidad y buen humor, lo mismo que él. Me encantaba sentirme libre de la censura y la responsabilidad que había sentido con algunas mujeres. Si tenía ganas, podía retozar con él, introducirle la polla en la boca y quejarme del mal olor de sus calcetines. Estaba resuelto a no permitir que una sociedad procreadora destruyera este amor. Al comer con unos amigos que hablaban de su tediosa carrera libertina, pensaba: soy gay, soy gay, por fin me he liberado. Duró poco tiempo.
23 febrero 2007
"De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood" Budd Schulberg
El autor de la maravillosa "El desencantado" nos cuenta de una manera amena y verborreica (732 pág.) el nacimiento de su nación: Hollywood.

(pág. 524)
De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood
Budd Schulberg
Traducción de J. Martín Lloret
Acantilado
noviembre, 2006
John Cheever
Diarios, 1956

(pág. 524)
Una persona que sí tuvo tiempo para mí -al parecer no tenía más que eso-, era un hombre al que muchos consideran el auténtico genio del cine mudo. Sergei Eisenstein. Lo encontré merodeando por el pasillo del segundo piso del edificio principal de la Paramount. Eisenstein había llegado a Hollywood desde Suiza, donde había dado una conferencia sobre cine vanguardista y, tras un alto en Nueva York donde entregó a Adolph Zukor cartas de recomendación de personalidades como H. G. Wells y George Bernard Shaw. Muy educadamente, Zukor había pasado a Eisenstein a Jesse Lasky, quien a su vez se lo pasó a mi padre.
A papá, un liberal en el mundo reaccionario de Mayer y Hearst, le gustó la idea de añadir al gran Eisenstein a la nómina de la Paramount. Mamá, con su socialismo fabiano de Rivington Street, también quedó impresionada por las referencias intelectuales de Eisenstein. De hecho, se erigió en anfitriona del maestro ruso, pues lo consideraba un fichaje cultural a la altura del conde Keyserling y de los demás filósofos internaciones que solían pontificar en su Friday Morning Club.
Sentado en un banco de piedra del jardín de los estudios, Eisenstein me contó que su padre había sido un célebre arquitecto, una profesión que él habría querido seguir. Sin embargo se hizo pintor y escenógrafo, luego director de escena, y más tarde ayudante de los directores de cine rusos que crearon su propia forma de cine social durante los revolucionarios años veinte. Yo escuché atentamente, pues en la cabina de proyección de papá había visto no sólo El acorazado Potemkin, sino también Octubre, grandes películas mudas que introdujeron el montaje como lenguaje, con la intercalación de ricas imágenes que creaban una nueva experiencia cinematográfica.
Había oído la versión de papá de los "fracasos" de Eisenstein en la Paramount. Ahora tomaba notas de la propia fuente. Su primera idea había sido hacer una película sobre una ciudad toda hecha de cristal, en la que todo el mundo pudiera ver la vida privada de todo el mundo. Pero el proyecto había sido abandonado por considerarse poco práctico. "Dios mío, B. P." El gerente de los estudios, el tío Sam, advirtió a papá que "nos costaría un millón de dólares construir esa ciudad, y luego no podríamos utilizarla como plató permanente y amortizar su coste con otras películas, como nuestro trasatlántico, nuestro castillo o nuestra calle de Nueva York."
A continuación, Eisenstein y su equipo habían trabajado con entusiasmo en Sutter's Gold, que papá esperaba que llegara a convertirse en un clásico social como Avaricia o Tiempos modernos. Pero Eisenstein y sus colaboradores eran marxistas convencidos, y su historia de cómo el oro descubierto en el rancho de Sutter destruía a un legítimo pionero era demasiado radical para los capitalistas de Nueva York que tenían la última palabra en las decisiones de los estudios.
Eisenstein elaboraba cada guión con su meticuloso ojo para el detalle visual. Cuando asumió la dirección de Una tragedia humana, analizó la novela con Dreiser. Le había impresionado lo bien que conocía mi padre el libro (pese a sus dos fracasos hablaba bien de mi padre, con una especie de condescendencia indulgente, sorprendido por su cultura, pero no por el hecho de que tuviera que ceder ante los jefes financieros que tenían la sartén por el mango.) Al final la Tragedia también se le escaparía de las manos, y abandonaría nuestros estudios -por desgracia para estos- sin haber hecho ni una sola película.
Retrospectivamente, Eisenstein fue uno de esos directores cuya genialidad no puede adaptarse a ningún sistema social; tan desventurado para el capitalismo de Zukor y Lasky como para el comunismo de Stalin. Y entremedio, poco después de mi entrevista con él, llegó el carísimo fiasco patrocinado por el socialista independiente Upton Sinclair, nada menos; la malograda Thunder over México. Tal vez Eisenstein haya sido para el cine lo que fue Miguel Ángel para la pintura. Pero pese a su gran saber y perspicacia, le faltaron mecenas.
De cine. Memorias de un príncipe de HollywoodBudd Schulberg
Traducción de J. Martín Lloret
Acantilado
noviembre, 2006
El recital de Evtushenko en la facultad de medicina. Filas de escritorios dispuestas en gradas, el lugar atestado. Yenia viste camisa. La amplitud de sus hombros huesudos, la longitud de sus brazos, el tamaño de sus puños. La nariz afilada, la intensidad implacable de su cara, vistas de su ancha frente, el impacto de verle en su papel. Su cabeza es plana. Recita durante dos horas sin interrupción y recibe un ramo de crisantemos mustios. Me fascina como todos los fenómenos naturales.
El tren de lujo a Leningrado. Medianoche lluviosa. Terciopelo rojo. Por la radio, una soprano canta "Vissi d'arte". Así viajamos, bebiendo vodka en buena compañía. Silbidos del tren, olores a humo de carbón, la tétrica belleza de Leningrado. Vistas del río desde el Palacio de Invierno. Al amanecer atravesamos nuevamente los arrabales de Moscú. Como con el embajador. Un escándalo durante la fiesta de recepción. Cena en la Sovietskaia con los Updike. Entonces me dan un beso y me voy de Rusia sumido en una confusión de sentimientos. El resto de Europa me parece mucho más efectivo y ordenado, pero Rusia se me antoja amable, vasta, patética. Las mujeres de Amsterdam son hermosas; sus tacones golpean el suelo con delicadeza. La mantelería es blanca, pero en cierto sentido prefiero el hotel de Ucrania: lúgubre, incómodo, impregnado de olor a calcetines sucios. Mis recuerdos de Rusia se vuelven borrosos. Trato de recordar el rostro iluminado de Yenia, sus aires. Veo el Muro de Berlín, flores, tumbas. H. habla de los últimos días, las calles incendiadas, los leones sueltos, el mundo que ha superado nuestras pesadillas, nuestro subconsciente. Las ruinas me han parecido horrendas e impresionantes. Volveré a casa el sábado.
John Cheever
Diarios, 1956
Etiquetas:
B. P.Schulberg,
Budd Schulberg,
Diarios,
Eisenstein
Diarios, 1965
Al despertar, pienso: Vendrá la lluvia y después de la lluvia, mi amor. Primero oiré el ruido del agua y después el ruido de sus pasos en el suelo de piedra del pasillo, del vestíbulo. Pero, ¿qué vestíbulo es éste y por qué tiene el suelo de piedra? ¿Me he enredado en torres, zanjas, estupideces y fantasías, son éstas las palabras necias con que defino el amor? Juglares con ropa de fantasía. Truenos, relámpagos, luego la lluvia. Oigo la lluvia y después su voz en la entrada del garaje. Está cansada, no la molesto, pero al acostarme veo a través de la tela transparente del camisón la suave oscuridad de su vello púbico: oloroso, delicado, como una flor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)