19 septiembre 2006

Diarios, 1966


Terence Stamp en Modesty Blaise

Voy al psiquiatra, y mientras hablamos sobre castración y homosexualidad, nuestro diálogo conserva cierta circunspección. No he dicho claramente que tengo instintos homosexuales y que éstos son una fuente de penosa ansiedad. Creo que exagero. ya que me ofrece tentadoramente la oportunidad de confesarme, no veo la hora de hacerlo, pero hay algo en su actitud o en el ambiente que me impide decir con claridad que a veces tengo miedo de ser maricón. Sostengo que no sufro más que la mayoría de los hombres, pero tal vez esa convicción sea la raíz de mis problemas. Sé que la naturaleza de los hombres es equívoca, paradójica, caprichosa y perversa, pero parezco incapaz de asumir ese hecho cuando se trata de mí. Parece que mi deseo de ser una criatura sencilla, natural y sensible es incurable. Diría que el psiquiatra ha hecho de ese conflicto una obsesión, o al menos lo empuja en esa dirección. Tendido en la cama, me pregunto si tendré una erección cuando llegue el momento. Es absurdo. No puedo evocar el aroma, las bellas formas, la agitación de mis entrañas, pero me atormento; me acuso de preferir un joven afeminado a una mujer bella y fogosa. Sería muy sencillo optar por un chico-chica, pero la sencillez no es lo que uno busca... aunque en el fondo sospecho que sí. Sólo se necesita valor, vitalidad y fe; con frecuencia poseo los tres.

Necesito esperanza, celo, vigor y un amor profundo; deplorar ante el psiquiatra la conducta de mi mujer en la cama me parece lo opuesto. Quejarse es una forma de desesperar. No me decido a contar lo sucedido, porque me parece que pone en peligro la posibilidad de salir airoso esta noche. Quiero amar y ser amado, ser franco y viril: eso no se consigue con lamentos y lloriqueos en un consultorio climatizado lleno de antigüedades desinfectadas. Sin embargo, es lo que hago. Pero me parece que el psiquiatra y yo no nos entendemos. Creo que no se aparta de un conjunto de ideas preconcebidas, rígidas y esotéricas. ¿A quién beneficia saber que la señora Zagreb es mi madre? Me acusa de divinizar a Mary y le digo que, desde luego, es una diosa. Mary y yo vamos al cine a ver Modesty Blaise, que me parece excelente, graciosa e ingeniosa. Contento y excitado, tomo dos whiskys para serenarme; pero en la cama se va la erección y cuando pido ayuda se me da con tanta repugnancia que nos damos la espalda. Ahora tal vez nos acercamos a la frontera de un país tenebroso, pero tal vez lo he creado yo. Debo evitar la hostilidad que causa la ginebra.

1 comentario:

Alvy Singer dijo...

Jajajaja. Cheever era un genio. Sólo por eso entendió tan bien Modesty Blaise. Me encanta.